El valor de recordarle a Dios con insistencia, sus promesas
La oración que no decae
“Sobre tus murallas, oh Jerusalén, he puesto centinelas; en todo el día y en toda la noche jamás callarán. Los que hacéis que el Señor recuerde, no os deis descanso, ni le concedáis descanso” (Isaías 62:5-7, BLA).
El Espíritu Santo ama la tenacidad como cualidad. De hecho, la oración santa, valiente y continua a menudo incluye un elemento de divina obstinación. Como la viuda de Lucas 18:1-18, no aceptaremos un NO como respuesta.
No es que cerramos los ojos y señalamos cualquier bombón de la caja de chocolates. Ni tampoco introducimos la mano en la caja y revolvemos todo para ver cuál nos gusta más. En cambio, meditamos La Palabra de Dios y dejamos que Él elija cuál de las promesas hemos de recordarle sin descanso. La tenacidad es buena, aunque no cuando no es más que egoísmo obstinado.
La cláusula “hasta que…” me recuerda una historia que leí y también oí de quienes estaban detrás de la escena, con referencia a la actividad que llevó a un poderoso reavivamiento en la Argentina a comienzos de la década de 1950. La historia se centra en la vida de oración del misionero R. E. Miller. Le contaré una parte.
Edward Miller, misionero de los Estados Unidos a principios de la década de 1950, durante años había trabajado incansablemente en la Argentina como pastor de una iglesia, realizando reuniones en carpas y evangelizando, pero con pobres resultados. Le parecía que ya lo había intentado todo. Así que, después de probar todos los métodos, decidió intentar con la oración.
Comenzó con este nuevo curso de acción orando ocho horas al día, por el reavivamiento en su propia vida y en su comunidad. Seguía liderando los servicios del domingo en su pequeña iglesia, pero pasaba la mayor parte de la semana en intercesión ante su Dios.
Luego de seis meses de espera en Dios, estudiando Las Escrituras, ayunando y orando, el Señor finalmente le habló. Fue un mensaje simple: “¡Continúa!”
Y eso hizo, persistentemente, como si su vida dependiera de ello.
Pasaron los meses y Miller seguía con la vigilia de ocho horas. Hasta que Dios volvió a hablar. Esta vez el Señor le dijo que anunciara para esa semana continuas reuniones públicas de oración, que comenzarían el siguiente lunes por la noche a las 20:00, y seguirían hasta la medianoche.
Miller discutió con el Señor, le dijo que si realizaba estas reuniones de oración las únicas que asistirían serían las ancianitas, que se sentarían a observar cómo oraba él.
Esto no pareció molestar al Señor. Parecía responder: “Lo sé”.
Así que Miller anunció que se realizarían las reuniones. Y de seguro, las únicas que asistieron fueron tres personas que se sentaron y lo observaron orar durante cuatro horas. Sin embargo, él oró.
Al terminar la reunión les preguntó si alguna de ellas había recibido algo de Dios. Una de las señoras, la esposa de un cristiano renegado, levantó la mano. Describió un extraño deseo de acercarse al santuario y tocar la mesa de madera que había allí. Pero como pensó que era una cosa sin sentido, no lo hizo. El pastor Miller saludó a las asistentes, y cada cual fue a su casa.
La noche siguiente siguieron con la reunión de oración. Volvieron las mismas tres ancianas, que se sentaron y miraron cómo oraba Edward Miller… sí, durante cuatro horas otra vez. Al cierre Miller preguntó lo mismo y recibió idéntica respuesta. La reunión terminó y cada cual fue a su casa.
Las siguientes dos noches también se reunieron con los mismos resultados. La mujer del cristiano renegado decía que sentía el impulso de ir a golpear la mesa de madera, pero se negaba a hacerlo.
El pastor Miller comenzó a sentir frustración. No tenía idea de por qué Dios le indicaba hacer esto a la mujer ¿pero cómo lograría que lo hiciera, si ella se negaba siempre?
La última noche de las reuniones programadas, las mismas tres personas vinieron, se sentaron y observaron al hermano Miller mientras este oraba. Al cierre, les preguntó lo mismo de siempre y obtuvo idéntica respuesta de parte de la misma mujer.
Pero esta vez, Miller le dijo:
– Hermana, iremos todos con usted, y golpearemos la mesa.
Esperaba que la mujer los siguiera y que reuniera coraje para golpear la mesa.
Miller pasó y golpeó la mesa de madera, seguido de las otras dos personas. Luego la tercera avanzó y golpeó la mesa. Al hacerlo, el Espíritu Santo inundó la pequeña iglesia y los llenó de gloria y del sentido de su presencia. Las tres personas fueron bautizadas en el Espíritu y comenzaron a adorar a Dios en un idioma que no habían aprendido.
La noticia corrió de boca en boca, y cada noche venían más personas. Eventualmente el fuego del reavivamiento llegó a la capital, Buenos Aires, donde decenas de miles de personas se reunieron en un estadio al aire libre en 1954, y el Señor salvó y sanó a muchos bajo el poderoso ministerio de Tommy Hicks.
Fue el principio del gran reavivamiento argentino de comienzos de la década de 1950.
Ahora, ¿qué era lo que había oído Edward Miller? “¡Continúa!” Como centinelas intercesores sobre las murallas debemos seguir recordándole a Dios su Palabra, sin descanso.
Tomado del libro: Arrodillados sobre sus promesas Jim W. Goll Editorial Peniel
