La evangelización como danza en tiempos modernos
Brian McLaren
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La verdad es que de baile no sé nada. Mi esposa podría decirles (y mis hijos seguro se lo dirían) que no soy ningún Fred Astaire, John Travolta ni Arthur Murray. Mis «movimientos» son como los de Mr. Rogers o el Dinosaurio Barney. Así como juego al golf, también bailo —rara vez y, cuando sí, lo hago más que nada para entretener y divertir a quien baile conmigo.Recuerdo que, cuando niño, en la escuela primaria, mis maestros trataban de enseñarle a la clase algunos bailes tradicionales. Como muchachos preadolescentes le huíamos al contacto físico con las chicas (¡cómo cambia eso en unos años!), aunque ellas (notablemente más maduras) tenían mucho interés en que cooperáramos. Así que a la vista de todos escupíamos en nuestras manos para que las chicas no quisieran tocarnos. No hace falta aclarar que no aprendí nada de lo que debí aprender acerca del baile en esa época.
Vengo de esa clase de familias religiosas en las que el baile no está permitido. Es verdad que como adolescente participé a escondidas de algunos bailes lentos aquí y allá, pero nunca pude engancharle la onda a los bailes populares. Cuando conocí a mi esposa, mis deficiencias rítmicas constituían para ella entre una triste desilusión y una total vergüenza. En realidad, yo compartía su opinión.
Cuando era profesor, pasé por un período genial en el que enseñaba inglés como segundo idioma a los bailarines camboyanos de ballet clásico que habían llegado a Estados Unidos como refugiados durante los años ´80. Mi esposa y yo organizamos varias fiestas para nuestros estudiantes, y era inevitable que apareciera el equipo de música con varios discos de música khmer. Enseguida los estudiantes se colocaban en un círculo y comenzaban a moverse al son de los suaves ritmos asiáticos de las canciones, con las rodillas flexionadas y los pies en punta, las muñecas y los dedos formando arcos elegantes y ángulos oblicuos a toda coordinación occidental. Y, por supuesto, tenían que lograr que el profesor participara. Creo que adquirí la apariencia de una persona que, en cámara lenta, estaba siendo picada por un enjambre de abejas. En síntesis, no sé bailar, ni según los criterios orientales ni según los occidentales.
Por supuesto, aprecio el baile. Me encanta ver a otros bailar. Cada tanto, en los cultos de Cedar Ridge Community Church, donde sirvo como pastor, tenemos una danza litúrgica. Casi siempre quedo al borde de las lágrimas, al observar la belleza de la danza hecha para la gloria de Dios.
Apenas sé lo suficiente acerca de la danza para entender que provee una metáfora para algo que es muy importante para mí. El término teológico de esta gran pasión mía es evangelización, pero ese término está tan contaminado que apenas me atrevo a utilizarlo. Es una palabra con un buen corazón, a pesar de su mala reputación. Permítanme intentar probárselo.
En la calle, este término significa presión. Significa ven-der a Dios como si Dios fuera un artículo para el hogar, un material para la construcción o un seguro de automóvil. Significa meter tus ideas en la cabeza de otro, amenazándolo con el infierno si no se entrega a tu lógica o a tus citas bíblicas. Significa excluir de la gracia de Dios a todos excepto a aquellos que están de acuerdo con el evangelista. Cuando a «evangelista» le precede el término «tele», el sentido se torna aún más oscuro y siniestro —hasta sórdido. Se refiere a los monólogos ensayados y mecánicos, a los discursos de vendedores, peroratas, exposiciones y sermones no solicitados, lágrimas de cocodrilo, confrontaciones incómodas agravadas a menudo por sonrisas forzadas, miradas a los ojos exageradas y declaraciones demasiado sinceras de amor por el alma y el destino eterno de uno. («Sí. Seguro. La verdad es que estás tratando de conseguir más combustible humano para tu maquinaria religiosa —otro convertido, otro agujero en tu cinturón, otra victoria para tu ideología».)
Esa es la imagen que tiene la mayoría de la gente acerca de la evangelización. Pero piensen en lo siguiente:
¿Qué pasa si existe realmente un Dios grande, bueno y bondadoso, y nosotros somos realmente criaturas de Dios, aunque a veces nos equivoquemos gravemente de camino? ¿Y qué si nuestro deseo más profundo es realmente cierto y el Dios que realmente existe realmente nos ama? ¿Y qué si una de las mejores maneras para que Dios llegue a quienes hemos perdido el camino es mediante la bondad y la influencia de quienes han retomado un mejor camino? ¿Y qué si por cada charlatán religioso evidente y engañoso hay en realidad una docena de ejemplos discretos pero sinceros de espiritualidad y vitalidad auténticas cuya influencia nos haría a los demás bastante bien? ¿Qué si realmente hay «ángeles» ahí afuera, no de los que tienen plumas y halos sino los de carne y hueso, risas y lágrimas, personas que de una manera muy literal son enviadas por Dios para ayudar a los que hemos embarrado nuestras vidas, para darnos a probar la gracia, un «rumor de la gloria», como dice el cantautor Bruce Cockburn?
¿Y qué ocurriría si tú y yo, que comenzamos como per-sonas errantes y confundidas, recibiéramos tanta ayuda de nuestros amigos comprensivos, enviados de Dios y colmados de amor que nos uniríamos a ellos como mensajeros de la gracia, portadores de la buena noticia, agentes secretos angelicales, muestras prácticas del poder de Dios, para cambiar, enriquecer, llenar y rescatar las vidas que estaban siendo desperdiciadas, arruinadas y autodestruidas?
¿Qué si no es la evangelización misma sino más bien los estilos de evangelización del siglo 21 los que merecen nuestro desdén y rechazo? ¿Qué si la evangelización es una de las cosas que nuestro mundo más necesita?
Después de todo, la mayoría de la gente desea hablar de las cosas que realmente importan —su sentido de Dios, sus experiencias significativas o trascendentes, sus intentos de sobrellevar su propia mortalidad, sus luchas con la culpa y la bondad, sus sueños, sus esperanzas y sus añoranzas más profundas. Desean hablar de estas cosas porque, sin ellas, lo único que queda en la vida es estrenos y compras, copulación y digestión, ingresos y egresos, ahorros, liquidaciones y testamentos.
Es verdad que la evangelización tal como se la practica y se la entiende comúnmente está degradada. Pero, ¿qué nos queda si no podemos encontrar la manera en que las personas se conecten y exploren juntas aquellas cuestiones que les preocupan profundamente? ¿Qué nos queda si no podemos encontrar personas que tengan apertura espiritual, con las cuales conversemos acerca de nuestros sueños y anhelos más profundos? Es duro que un supuesto evangelista te acorrale en la calle, pero tampoco es muy bueno vivir la vida con nada más que el control remoto de la TV y las charlas triviales sobre deportes, trabajo, asuntos internos de la oficina y el estado del tiempo.
Así que permítanme ofrecer esta visión mejorada de la evangelización y los buenos evangelistas. Los buenos evangelistas —de la clase acerca de la cual hablaremos en este libro— son personas que traban buenas conversaciones con otros acerca de temas importantes y profundos: la fe, los valores, la esperanza, el sentido y el propósito de las cosas, la bondad, la belleza, la verdad, la vida después de la muerte, la vida antes de la muerte, Dios. No hacen esto porque les gusta ser expertos e imponer sus puntos de vista sobre otros, sino porque sienten que son enviados por Dios para hacerlo. Viven con un sentido de misión: que la vocación divina para su vida no es simplemente vivir de manera egoísta, ni siquiera vivir bien, sino vivir bien y de manera no egoísta, y ayudar a otros a vivir bien también y de manera no egoísta. Quieren cambiar el mundo. Son mutantes en la evolución espiritual del planeta, si me permiten —mutantes cuyos genes nuevos se necesitan urgentemente en el depósito general de genes.
La buena evangelización es el proceso de ser amigables sin discriminar y ejercer una influencia sobre todos nuestros amigos para una vida mejor, mediante buenas obras y buenas conversaciones. Para un cristiano como yo, la evangelización significa entablar estas conversaciones en el espíritu y el ejemplo de Cristo Jesús. (Si tú mismo no eres un cristiano comprometido, estoy seguro que entenderás que, ya que mi punto de partida es el compromiso cristiano, ése será el enfoque de este libro. Con esto no digo que no haya lugar para la evangelización budista o hindú o judía, pero otra persona estará más capacitada para escribir esos libros.)
Si sabes algo acerca de Jesús, probablemente sepas que él era un conversador impresionante. A diferencia de la caricatura del típico evangelista de la segunda mitad del siglo 20 y principios del 21, Jesús se caracterizó por sus sermones cortos y sus conversaciones largas, sus respuestas cortas y sus preguntas largas, sus ideas abstractas y proposiciones cortas y sus parábolas y cuentos largos, cortos para decirte lo que debes pensar y largos para desafiarte a pensar por tu cuenta, cortos para condenar a los irreligiosos y largos para confrontar a los religiosos. (Consulta los apéndices para obtener una lista de algunas de las conversaciones de Jesús, más unas preguntas para la discusión, para que tú y tus amigos conversen acerca de las conversaciones de Jesús.)
Ésta es la clase de evangelización que exploraremos en este libro: la evangelización al estilo de Jesús, la evangelización que fluye como una danza.
La evangelización como danza se inicia con algo que va más allá de mí mismo: un mensaje que se acerca a mí de alguna manera, de algún lado, como una melodía. Puede ser que al principio sólo capte una nota aquí, una frase allá, y me suene extraña. Pero una vez que llego por fin a escucharla entera, una vez que logra penetrar en mi alma y allí empieza a vibrar, empiezo a sentirla tan familiar, tan natural, que empiezo a creer que es fruto de mi propia creación. Sin embargo, la magnificencia, la grandeza y el misterio de la melodía me convencen de que su origen se halla más allá de mi propia imaginación (aunque mi imaginación haya sido la ventana por la cual penetró en mi ser). Viene como un mensaje, pero no como el mensaje de una propaganda radial o televisiva, o de un eslogan político, o de una fórmula científica. Más bien, viene como el mensaje de amor de un amante, el de amistad de un amigo, el de belleza, bondad y verdad de un artista. Viene como la canción de un cantante, la tensión apasionada de un violinista, la sinfonía de un compositor genial. En algún momento de mi paso por la vida, comienzo a escuchar esta canción, y su música cautiva mi corazón; su ritmo, su melodía, su clima, su esplendor. La belleza, verdad y bondad de esta canción penetran en mí y comienzo a moverme al son de su ritmo, apenas dándome cuenta yo mismo al principio.
Con el transcurrir del tiempo mi vida entera empieza a entrar en armonía con la canción. Su ritmo me despierta, su tiempo me mueve y empiezo a resonar con sus tonos, a fluir con su melodía. Y su letra va convenciéndome lentamente de que la idea inicial era que todo el mundo compartiera esta canción, su mensaje, su gozo, su danza. Si más personas escucharan su música, entonces su odio daría paso a la reconciliación, su codicia se volvería generosidad, sus quejas se transformarían en gratitud y sus lamentos se convertirían en danza. Las personas dejarían de contaminar y comenzarían a plantar jardines si vivieran al son de la canción. Dejarían de pelear y comenzarían a hacerse divertidísimas bromas unas a otras, celebrando jubilosos picnics y fiestas, organizando juegos ruidosos, teniendo sueños delirantes, todas disfrutando de las buenas risotadas en todo momento posible.
Es por eso que si empiezo a sentir la canción y a vivir según ella, quiero ayudar a otros a hacer lo mismo, no por una sola razón sino por varias:
1. Simplemente por la belleza, la verdad y la bondad de la canción. Algo tan maravilloso debe compartirse.
2. Por el bien de mis amigos, vecinos y compañeros de planeta, quienes comparten conmigo la misma problemática humana. Como individuos, sus vidas se enriquecerían si escucharan la canción y aprendieran a moverse al son de ella.
3. Por causa de toda la raza humana y todo el planeta, porque si nosotros los humanos (apenas dignos de «sapiens» en homo sapiens) no aprendemos a vivir según la belleza de la música, viviremos según nuestro propio ruido destructivo y codicioso, y según nuestro silencio desesperante y consumidor, lo cual será desastroso para todos y para todo lo afectado.
4. Por causa del compositor, el cantante, el instrumentista: el Dios trino cuyo canto resuena en cada nota y cada compás con espíritu de compartir.
Cualquiera que escucha realmente la canción debe danzar. Y todos los que danzan buscan compartir su gozo. Así que hablemos de cómo hacerlo. Estás más preparado para esto de lo que piensas. Prepárate para algo fresco, algo nuevo, algo inesperado. ¡Dancemos!
Una sugerencia: ¿Por qué no invitas a un grupo pequeño de personas, a una clase o a otro círculo de amigos a leer este libro contigo? La agenda puede ser simple:
1. Al leer cada capítulo, subrayen aquellas palabras, frases u oraciones de interés especial y hagan notas en los márgenes con preguntas, comentarios, desacuerdos e ideas adicionales.
2. Cuando se reúnan, compartan lo que han subrayado y las anotaciones. Uno por uno respondan a estas dos preguntas simples: ¿Qué hay en este capítulo que te llamó la atención? ¿Por qué?
3. Después de que todos hayan compartido, respondan a otra serie de preguntas: ¿Y entonces qué? ¿En qué debe cambiar nuestra manera de vivir, orar, relacionarnos y servir sobre la base de lo que hemos hablado?
4. Sería un excelente final que transformen sus pensamientos en oraciones simples y sinceras, como por ejemplo: «Dios, gracias por enseñarnos que…» o «Dios, ayúdanos a…»
