El cristo utilitario
Algunas verdades que esta generación de jóvenes cristianos debe aprender a la brevedad posible si va a evitar y escapar la tragedia suprema de seguir a un cristo que es un mero cristo de conveniencia y, al final, después de todo, no el verdadero Señor de la gloria.
Nuestro Señor nos advirtió que aparecerían falsos cristos. Por lo general, pensamos que éstos vendrían desde afuera, pero debiéramos recordar que también pueden surgir desde adentro del santuario mismo.
Debiéramos tener sumo cuidado que el Cristo que profesamos seguir sea, sin lugar a dudas, el mismo Cristo de Dios. Existe también el peligro de que sigamos a un cristo que no es el verdadero Cristo, sino uno que es la fabricación o fantasía de nuestra imaginación y hecho o creado a nuestra propia imagen.
Confieso que suelo padecer de sentimientos de penosa inquietud y desasosiego al respecto cuando observo las cosas dudosas que se dicen que Cristo hace por las personas. Se le suele recomendar como el Hermano Mayor maravilloso, servicial, obsequioso y condescendiente, pero poco discerniente, quien se esmera en ayudarnos a conseguir nuestros fines, y que nos favorece al abstenerse de hacernos preguntas desconcertantes acerca de la calidad moral de esos fines.
En nuestras ansias de conseguir que la gente «acepte a Cristo» nos sentimos tentados a presentar para la aceptación a un cristo quien es poco menos que una caricatura de ese «Santo Ser» que fue engendrado por el Espíritu Santo, que nació de la virgen María, para ser crucificado y resucitar al tercer día para asumir Su lugar a la diestra de la Majestad en los Cielos.
Dentro de los últimos años, por ejemplo, a Cristo lo han popularizado ciertos evangélicos como aquel a quien, el «piadoso» boxeador puede convencer a ayudarle a dejar inconsciente a su contrincante en la lona, si le eleva la cantidad apropiada y suficiente de oración. También se asevera que Cristo ayuda al lanzador de baseball de las ligas profesionales mayores a impeler la pelota con la curva apropiada. En otro caso, él le ayuda a un pastor atlético a ganar el salto alto, y a otro, no sólo a ganar la carrera, sino a fijar un nuevo récord en la ganga. También se dice que ayuda a un hombre de negocios de oración a ganarle a un competidor en sus negociaciones, y presentar un presupuesto más bajo para asegurarse un codiciado contrato, para el desconcierto y frustración de otro comerciante que anhelaba conseguirlo. Hasta se piensa que le presta socorro a una actriz de cine que ora mientras juega un papel o actúa en un rol tan lascivo que haría sonrojar a una prostituta profesional.
Por eso nuestro Señor se convierte en el cristo utilitario, una especie de lámpara de Aladino para realizar milagros menores a favor de cualquiera que le requiera y evoque para hacerle una oferta o propuesta.
Aparentemente, nadie se detiene a considerar que si Cristo subiera a la lona de boxeo y usara su poder divino para ayudar a un boxeador a paralizar al otro, él estaría colocando a su contrincante en una cruel desventaja, lo que sería una violación del instinto más primordial de juego limpio. Si él ayudara a un hombre de negocios para desmedro, detrimento o daño de otro, él estaría practicando favoritismo y revelando un carácter totalmente divergente y contrario al cuadro bíblico del Cristo real. Además de esto, tendríamos la situación grotesca del Señor de la gloria que venga a socorrer a un Cristo no reconstruido - bajo los términos y condiciones de Adán.
Esto es demasiado horrible para contemplar, y yo espero que los proponentes de este moderno cristo acomodativo no estén viendo las implicancias que yacen en su falsa doctrina. Pero tal vez lo vean, pero, sin embargo, están dispuestos a ofrecer a este cristo utilitario como el Salvador de la humanidad. Si esto fuera así, entonces ya no creerían en la Deidad, ni en el Señorío de Cristo en la definición exacta de esos términos. El cristo de ellos es un cristo de conveniencia carnal, no muy distante ni alejado de los dioses paganos.
Todo el propósito de Dios en la redención es hacernos santos y restaurarnos a la imagen de Dios. Para lograr y completar esto, él tiene que zafarnos y librarnos de las ambiciones terrenales y retirar los premios indignos que los hombres habían atesorado en su corazón. A un hombre santo no se le ocurriría ni soñaría con pedirle ayuda a Dios para derrotar a un contrincante o ganarle a un competidor. Él no quisiera ganar o lograr el éxito si al conseguirlo otro hombre tiene que fracasar. Ningún hombre en quien mora el Espíritu Santo le pudiera pedir al Señor que le ayudara a dejar «knock out» a otro hombre con fines de lucro, o por los aplausos de los vulgares espectadores.
Un Josué peleando las batallas de Jehová, un David rescatando al Israel de Dios de manos de los filisteos, un Jorge Washington implorando la ayuda de Dios contra el enemigo que esclavizaría a la joven república de Los Estados Unidos de América —todo esto está a un alto nivel moral y principio espiritual en línea y acorde con el propósito de Dios para la historia humana. Pero enseñar que Cristo empleará su poder sagrado para promover nuestros intereses personales mundanos es calumniar e injuriar a nuestro Señor y dañar nuestras propias almas.
Es necesario que nosotros, los evangélicos modernos, aprendamos las verdades de la Soberanía de Dios y el Señorío de Cristo. Dios no va a seguirle el juego a Adán; Cristo no va a permitir que le utilice la prole egoísta de Adán. Debemos aprender estas verdades a la brevedad posible si esta generación de jóvenes cristianos va a evitar y escapar la tragedia suprema de seguir a un cristo que es un mero cristo de conveniencia y, al final, después de todo, no el verdadero Señor de la gloria.
Tomado de The Root of the Righteous, por A. W. Tozer, «That Utilitarian Christ», Capítulo 6. Traducido por Dorothy Bucher Haller.
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